domingo, 17 de enero de 2010

II

Revise mi cuarto, el baño, las cortinas, debajo de la cama; inspeccioné todos los escondites posibles, para asegurarme que, por lo pronto, me encontraba sola en mi casa. Curioso, el balcón de mi cuarto también seguía bajo llave, pero la rejilla del ventilador había sido, claramente, violada.


Continuación del I

Empecé a llorar ¿Quién sería lo suficientemente pequeño e inteligente como para infiltrarse por los ductos del aire acondicionado? En eso suena el teléfono, era Daniel, mi mejor amigo. Tenía una curiosa forma de hacer las cosas y siempre aparecía de forma oportuna. Ésta vez no era la excepción.
“¡Dani! Necesito que vengas a mi casa, ya”
“Jane, muñequita Jane… ¿Qué pasa? ¿Estás llorando?”
“No sabes, Daniel. No tengo idea de por dónde empezar, Charlotte o la carta”
“¿Qué carta?”
“¡Eso es lo de menos! Charlotte, nadie sabe de ella. Fue con nosotras a Atlantis y no la hemos visto, además su familia y las personas que conoce tampoco saben nada de ella”
“Pues… Mira, los dos sabemos las tendencias de Charlotte ¿o no? A mí no me asusta. Ha de andar en algún lugarcito, tú me entiendes JA JA JA”
“Daniel…” Dije entre lágrimas y suspiros “suponiendo que fuera verdad ¿con quién? Todos sus amiguitos están de vacaciones, no la vi con nadie desconocido ayer… A menos que tú sepas algo ¡Daniel, que te pasa! ¿Está contigo, verdad?”
“Jane, no me convertí en lo que piensas. Me gustaría decir que sí, pero la verdad es que no”
“Vez, si eres…” Quería decir tantas cosas por faltarle al respeto a mi amiga, pero yo le seguí y él me interrumpió.
“Muñequita, no sé donde está, pero dime qué te pasa… Lo de la carta”
“Alguien entró y dejó una carta muy rara”
Le seguí explicando… Al rato colgamos el teléfono y, al segundo, se apareció para hacerme compañía.
Abrí la puerta. Lo vi bañado, peinado y bien vestido. Se me hizo muy raro, normalmente anda presentable pero con un toque à la despreocupé. Hacía mucho que no veía a Daniel porque viaja mucho. Nuestra historia es algo curiosa, ya que empezó como si quisiéramos algo más, pero con el tiempo nos dimos cuenta que funcionamos mejor cómo amigos. Siempre el uno para el otro, con un compromiso de no dejarnos solos. Le tengo mucho cariño. Cuando nos aburrimos, tenemos problemas o somos inmensamente felices encontramos una excusa para juntarnos y mejorar nuestros días. Nuestros lugares favoritos son los deberes que nos encargan nuestros papás y no queremos hacer solos, los parques, exposiciones de arte, museos y visitar lugares históricos.
“Jane, no llores” Me abrazó y lo llevé al cuarto para enseñarle la rendija.
No pude evitar notar que estaba tan asustado cómo yo. Así que me inundé de terror. Para mí Daniel era una especie de Superman invencible: fuerte, seguro de sí mismo, perseverante, hábil, inteligente… Aún que aparentaba no ser tan listo cómo en realidad era, conmigo era simplemente Daniel en todo su esplendor y sombra.
“Jane, vámonos ¡Oigo ruidos!”
“Daniel Gerard Greene Quinn, me vas a contagiar de paranoia”
“No es paranoia, soy precavido”
No dije nada, por lástima ¿Quién estaba peor? Se convirtió en un niño chiquito, pero no se lo hice notar… mucho. La verdad quería decirle miedoso en vez de paranoico, aunque por otro lado me gustaba que se sintiera protector cerca de mí. Tomé el sobre y, mientras lamentaba no haberme dado una ducha en casa de Lucy, me dispuse a empacar todo lo necesario para asearme y no volver a casa hasta hablar con mis papás y que regresaran a la ciudad. Todo mi cuerpo físico estaba impregnado con un olor a fiesta bastante repugnante, sin mencionar mi ropa.
Abrí el sobre en el auto y lo leí en voz alta.

Charlotte, Charlotte ¿Por qué te escondes?
¿A caso no es ésa tu pregunta?
Si tú contestas la nuestra, nosotros resolveremos la tuya.


Una vez más, cobardísimo anónimo firmaba la carta. Me entró una culpa insoportable, mientras me arrancaba lágrimas de coraje ¿Qué diantres quieren de mí? ¿Qué pasa con éste inmenso errante mundo? ¿Cómo se atreven a meterse con una niña indefensa?
Pobre de Daniel. Creo que si no lo dejé traumado, fue por acto divino. Daniel no estaba acostumbrado a éstas imperfecciones de vida, igual y eso era lo que le gustaba de compartir su tiempo conmigo: Nada sería predecible, comprensible y mucho menos, normal.

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