73 grados Fahrenheit. La temperatura perfecta para iniciar la metamorfosis, con esto me refiero a quitarme la cara de dormida y verme presentable para mi primer día de trabajo, y estar lista a tiempo para no llegar tarde. Son las 7 de la mañana y mi junta es a las 9. La oficina queda a 11 minutos de aquí en coche. No hay manera de de perder el final del juego. Llevo tres meses intentando conseguir el puesto. Significa un gran salto a en mi carrera profesional y me he preparado mejor que un súper héroe de ciencia ficción.
Mientras me pongo de pié y me dispongo a lavarme la cara, entre otras cosas antes de llegar a la cocina por mi desayuno, analizo cada paso que di para llegar a donde estoy. En una ciudad como Nueva York, donde hay cientos de historias y narraciones extraordinarias que hablan de gente increíblemente preparada, puedo decir que yo también luché por lo que tengo. Desde mis primeras aplicaciones para poder ingresar a MIT, seguido por mil y una noches de perseverancia y estudio, alternadas con fiestas, claro está; siento una dicha indescriptible.
De ahí apliqué para las mejores universidades disponibles a mí alrededor. Pero, como la princesa que creía en los cuentos de hadas, tuve que pasar por muchos obstáculos antes de por fin tener derecho a matricularme en NYU. Recuerdo la tarde del 3 de junio de 5 años atrás. Jamás la podré olvidar. Envuelta en el perfume de almizcle, jazmín, maderas y notas de sándalo, diseñado por mí como celebración del éxito obtenido en mis exámenes; salí feliz a recoger mis cartas de aceptación que salían como escurriéndose del buzón de la antigua casa de mis padres. Tomé la llave, abrí la rendija y descubrí los flameantes logotipos de las universidades de la IVY ligue perfectamente impresos con mi nombre escrito. “Señorita. Jane Eyre, Presente” ¡Por su puesto que presente! Y qué digo presente, ¡listísima! Mientras me imaginaba recorriendo los pasillos de Brown, Yale y NYU caminé y bailé rumbo a la puerta para abrir las cartas en la sala de mi casa con una copa de sangría y una sonrisa enorme en mi cara.
Me senté y me dispuse a revisar de dónde exactamente provenían cada una de las letras para abrirlas en orden y hacerlo más emocionante, cuando una de las cartas tenía un logotipo que nunca había visto antes y unas iníciales, cuyo significado, era desconocido para mí. El sobre era negro con letras azul cielo y plateadas. Con la leyenda “acta non verba” Siempre supe que esos vocablos latinos significaban “acciones, no palabras”, pues eran el lema de mi padre. Gracias a mi padre aprendí a amar el conocimiento como nunca pensé fuera posible. Mis nervios recorrieron mi ser y poco a poco se propagaron por todo el sillón donde estaba sentada.
No pude más y lo abrí con delicadeza y torpeza al mismo tiempo. Era una obra poética que decía así:
El monje que vendió su Ferrari, de riquezas no vivió;
Marie Antoinette, por sus lujos pereció.
Las puertas templarias, no se han abierto aún;
Pues de los obstinados, soberbios y ambiciosos, se alimenta su saber.
Darán a conocer su luz, cuando la valoración de lo que es puro
Tome lugar en un corazón que no esté oculto
A compartir lo que la humanidad tiene en lo obscuro.
De paganos califican a quienes muestran su vergüenza,
Pues entre más sé, más ignorante;
Aristóteles y Da Vinci se sentirían en pena.
Tanto avance, y poco provecho.
Te invitamos a romper con este trecho.
Me pareció lógico y bizarro lo que leí. Oscar Wilde, alguna vez, mencionó textualmente “The books that the world calls immoral are books that show the world its own shame.” Curioso que lo mencionara el poema, pero más curioso aún que yo tuviera el privilegio de tener esa extraña referencia. A partir de ése día mi vida cambió. Después de leer dicha carta, firmada por nadie, ya había olvidado mi propósito en la sala. Dejé todo ahí, recibí la llamada de una amiga y salí con ella de fiesta.
No hablamos de la escuela, mejor de cosas tontas, pues de vez en cuando es bueno para el alma hablar sólo de superficialidades. Para nuestra suerte, esa noche, las mujeres entraban gratis y nos regalaban una botella de Moët & Chandon si tenías reservación en el área de la terraza, dónde se encontraban el resto de mis amigas. Cantamos, bailamos y olvidamos quienes éramos por un momento. Perdí el sentido de la identidad. Ya no era yo, sino una más en la mesa, riendo y ahogando mis preocupaciones en caballitos de Jägermeister. Después no me acuerdo que pasó, pero amanecí en casa de una amiga, con cientos de mensajes en mi celular que preguntaban dónde estaba Charlotte. Charlotte era una de mis más allegadas, pero no tengo recuerdo de haberla visto esa noche después de que me acompañó al baño. Le pregunté a Lucy, pero estaba llorando en el balcón, con los ojos negros del maquillaje corrido. Yo seguía en tacones. La abracé e intentamos hacer memoria.
Al llegar a mi casa, descubrí otra carta, pero ésta vez, tenía letras rojas con plateado. Me aterroricé. Quedé gélida al darme cuenta que estaba arriba de mi cama. Mis papás estaban de viaje, soy hija única y la empleada está de vacaciones. ¿Quién más puede entrar a mi casa? Y peor aún, a mi propia habitación, la cual siempre dejo bajo llave. No es que tenga nada oculto, pero me gusta que sólo yo tenga acceso a mis cosas. Revise mi cuarto, el baño, las cortinas, debajo de la cama; inspeccioné todos los escondites posibles, para asegurarme que, por lo pronto, me encontraba sola en mi casa. Curioso, el balcón de mi cuarto también seguía bajo llave, pero la rejilla del ventilador había sido, claramente, violada.