Existe algo en cada ser portador de una corona. Creo que en realidad, todas las personas tienen una. Una grande y hermosa corona adornada con joyas de todos tipos que crean una composición limpia y precisa. Adivino que la mía tendría muchas perlas, ya que son mi joya favorita. Otras estarán adornadas con diamantes cortados, zafiros incrustados, perlas en distintos colores y cultivos que fungen cual óleo sobre lienzo, sostenido por platino, oro y plata... Un sin fin de piedras preciosas que simulen las flores más exóticas y lindas que este mundo haya visto. La luz pasa através de los diamantes, se amplifica y adorna al portador de dicho accesorio como un anillo, o un brazalete serían incapaces. Solo la corona posee la capacidad de alumbrar el rostro desde arriba y dar todo un complejo de simbolismos que hablan por sí solos. Pero siempre hay algo más que la belleza impecable o un encanto imposible de olvidar. Bueno sería tener a Enrique VIII, la misma Matie Antoinette o al Zar Nicholas Romanov para conocer lo que vivieron más allá del glamour y poses donde la historia los envuelve. Con tanta estética y excentricidad comunicada al usar la corona, es natural que surja la contraparte negativa: Su Peso.
Sólo aquella princesa, a la cual todo un reino admira; o ése rey, a quien nadie se atreve a desobedecer saben lo que verdaderamente pesa su corona ¿De qué me sirve saber que tengo la corona perfecta para mi gusto si tengo que sufrir al traerla encima? ¿Estaría dispuesta negarme a mi misma el placer que me da cada vez que puedo usarla?
Copyright © 2009 La Mademoiselle y su Corona. Paulina Delgado Farrer
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