Lorenzo de Médici recibió una de las joyas más controversiales y atemporales que se alguna vez se hayan escrito. Políticos se han declarado devotos de la filosofía que Nicolás Maquiavelo trazó para los líderes del mundo, líderes cuya moral y ética es altamente cuestionable.
Las palabras plasmadas en El Príncipe rompen con el ideal de liderazgo, ya que el fin de un gobernante debe ser procurar el bien de su pueblo. El autor se refiere y trata al estado como un medio para adquirir prestigio, alta reputación, respeto, y otros vacíos del ego humano para manifestar el salvajismo arraigado en su propio poder.
En el texto encontré que “…a los hombres hay que tratarlos bien o aplastarlos, porque ellos se vengan de las pequeñas ofensas, pero de las grandes no pueden vengarse” (Maquiavelo, 2007). No es ninguna mentira, pero el hecho de que sea verdad no lo convierte en una frase bondadosa. Maquiavelo llega a esta conclusión porque es un método de excepcional eficiencia, pero de moral muy pobre. “Aplastar” es efectivo, pues elimina al problema desde el corazón de éste; la cuestión es que estos obstáculos a los que se enfrentan los príncipes no deberían de existir ¿Por qué? Porque ya parten de una base equivocada: Utilizar al Estado como un medio para saciar necesidades personales de un “líder”.
Un capítulo muy interesante habla de cómo deben conducirse los príncipes para tener prestigio. Ésta fracción del libro muestra una descarada y notabilísima doble moral. Saludar al pueblo, organizarles fiestas, tenerlos contentos (cual vacas), honorarles… Nada de esto estaría mal, si no fuera por la intención de la enorme obra de teatro montada: ganar la admiración de otros principados, riqueza, entre otras infantiles ilusiones. Lo que encontré rescatable fue el prestigio por comprometerse y cumplir, no ser tibios ni indecisos entre dos bandos. Por la razón que sea, mantenerse firme en su palabra sí es digno de un príncipe.
Pareciera una pena que una mente tan brillante como la de Nicolás fuera utilizada con fines mordaces, aunque al final, si deseamos conocer la bondad, es necesario haber antes escarbado en los rincones más impregnados de maldad y egoísmo, pues sólo así disfrutaremos de corrientes que prediquen a un nuevo rey.
Maquiavelo, N. (2007). El Príncipe. México, D.F.: Losada, S. A.
Las palabras plasmadas en El Príncipe rompen con el ideal de liderazgo, ya que el fin de un gobernante debe ser procurar el bien de su pueblo. El autor se refiere y trata al estado como un medio para adquirir prestigio, alta reputación, respeto, y otros vacíos del ego humano para manifestar el salvajismo arraigado en su propio poder.
En el texto encontré que “…a los hombres hay que tratarlos bien o aplastarlos, porque ellos se vengan de las pequeñas ofensas, pero de las grandes no pueden vengarse” (Maquiavelo, 2007). No es ninguna mentira, pero el hecho de que sea verdad no lo convierte en una frase bondadosa. Maquiavelo llega a esta conclusión porque es un método de excepcional eficiencia, pero de moral muy pobre. “Aplastar” es efectivo, pues elimina al problema desde el corazón de éste; la cuestión es que estos obstáculos a los que se enfrentan los príncipes no deberían de existir ¿Por qué? Porque ya parten de una base equivocada: Utilizar al Estado como un medio para saciar necesidades personales de un “líder”.
Un capítulo muy interesante habla de cómo deben conducirse los príncipes para tener prestigio. Ésta fracción del libro muestra una descarada y notabilísima doble moral. Saludar al pueblo, organizarles fiestas, tenerlos contentos (cual vacas), honorarles… Nada de esto estaría mal, si no fuera por la intención de la enorme obra de teatro montada: ganar la admiración de otros principados, riqueza, entre otras infantiles ilusiones. Lo que encontré rescatable fue el prestigio por comprometerse y cumplir, no ser tibios ni indecisos entre dos bandos. Por la razón que sea, mantenerse firme en su palabra sí es digno de un príncipe.
Pareciera una pena que una mente tan brillante como la de Nicolás fuera utilizada con fines mordaces, aunque al final, si deseamos conocer la bondad, es necesario haber antes escarbado en los rincones más impregnados de maldad y egoísmo, pues sólo así disfrutaremos de corrientes que prediquen a un nuevo rey.
Maquiavelo, N. (2007). El Príncipe. México, D.F.: Losada, S. A.