"No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos" - Mateo 7:6
Pido perdón por toda la zarpa de conceptos mundanos que escribo todos los días. Hoy aprendí tantas cosas, que no sabría calificar de bendición o maldición los sucesos que he presenciado durante las últimas 20 horas. Varios profesores me instruyeron si saberlo; habrá que evaluar la calidad de sus enseñanzas. El primero de mis maestros fue quien me despertó en la mañana, y a pesar de mi pésimo humor, porque en verdad moría de sueño, en vez de contestar igual que yo, apagó mi ira con las aguas de la paz y mansedumbre. En ningún momento percibí esos actos, tan nobles, como debilidad sino como fortaleza.
Después, durante mi primera clase detecté mi afán de hablar por hablar y tirar respuestas al vacío. Dije tantos conceptos por “atinarle” a una respuesta, que sentí como se desgarraba mi credibilidad.
En mi hora libre, tuve que leer El príncipe de Maquiavelo porque era de tarea, cuando unas líneas brincaron ante mis ojos para decirme las palabras que se convertirían en herramientas para sobrevivir durante las próximas horas.
Pido perdón por toda la zarpa de conceptos mundanos que escribo todos los días. Hoy aprendí tantas cosas, que no sabría calificar de bendición o maldición los sucesos que he presenciado durante las últimas 20 horas. Varios profesores me instruyeron si saberlo; habrá que evaluar la calidad de sus enseñanzas. El primero de mis maestros fue quien me despertó en la mañana, y a pesar de mi pésimo humor, porque en verdad moría de sueño, en vez de contestar igual que yo, apagó mi ira con las aguas de la paz y mansedumbre. En ningún momento percibí esos actos, tan nobles, como debilidad sino como fortaleza.
Después, durante mi primera clase detecté mi afán de hablar por hablar y tirar respuestas al vacío. Dije tantos conceptos por “atinarle” a una respuesta, que sentí como se desgarraba mi credibilidad.
En mi hora libre, tuve que leer El príncipe de Maquiavelo porque era de tarea, cuando unas líneas brincaron ante mis ojos para decirme las palabras que se convertirían en herramientas para sobrevivir durante las próximas horas.
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Durante la clase de la tarde el profesor de ética en medio de sus historias e innumerables consejos prácticos, dejó colarse uno que acaparó toda mi atención: Es mejor pretender humildad e ignorancia que sabiduría, pues las personas tienden a sentir disposición para ayudar al desafortunado, y desearle el mal a quien aparente ser mayor o mejor.
Y por último, cerré mi día descubriendo que no importa cuán difíciles sean las circunstancias a vencer, todo tiene un final y siempre hay un lugar para descansar y recuperar fuerzas. Pues como mi estimado italiano de nombre Nicolás Maquiavelo entendería: “Y rara vez la fortuna proporciona un bien o un mal sin acompañarlo de otro bien o mal”
Y por último, cerré mi día descubriendo que no importa cuán difíciles sean las circunstancias a vencer, todo tiene un final y siempre hay un lugar para descansar y recuperar fuerzas. Pues como mi estimado italiano de nombre Nicolás Maquiavelo entendería: “Y rara vez la fortuna proporciona un bien o un mal sin acompañarlo de otro bien o mal”
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