Siguiendo una corazonada
He tenido un enigma crónico-personal durante los últimos 4 ó 5 años de mi vida (eso es igual al 20 o 25% de mi existencia…). No sé si pueda explicarlo con la fluidez que me gustaría pero va más o menos así: Me considero escéptica, no hay casualidades, todo se disminuye a causa-efecto y trato de ser lo más objetiva posible; pero mi intuición, la armonía universal, entre otras corrientes inexplicables siempre me han hecho ruido. Hoy todos esos factores, cuyos argumentos he considerado en forma arrogante, inútiles, me dieron una lección alentadora.
Una domingo de marzo, el clima precioso, en compañía de personas con quienes puedo pasar un rato agradable. La conversación no era nada del otro mundo, pero igual la estaba pasando bien, musiquita de fondo, sillones cómodos y risas por todos lados. Primero todos hablando unos con otros envueltos en anécdotas o chistecitos improvisados para completar la atmósfera nocturna. Después, cada quién empezó con pláticas un poco más privadas dándole continuidad a vivencias pasadas y a la confianza que existe como producto de una amistad.
Todo iba tranquilo y alivianado, hasta que me preguntaron a cerca de un proyecto que tenía inconcluso por ahí, el cual me llenaba de ilusión y compartí un poco de esa felicidad al principio de éste con un par de mis más allegados. Tuve la ocurrencia de sincerar mi mala fortuna, ya que no tomó la forma que yo esperaba, con alguien que toda la vida ha sido de cercana a mí. No podía creer la sonrisa malévola en el rostro de mi interlocutor. Pude sentir, oler, probar, tocar e incluso nadar en la siniestra felicidad en la que se refrescaba su sucio placer. Lo peor del caso es que, con toda la hipocresía del mundo, me veía con un gesto de alegre indiferencia acompañada de floridos comentarios pesados. No quise armar una escena, mejor lo dejé pasar por el bien de la paz social. Pues si soltaba la bomba entre los demás, el chisme duraría una semana y no estaba dispuesta a hacer de un pétalo un rosal. De una cosa si estaba segura, no me iba ir a dormir con un mal sabor de boca picándome el paladar.
Me subí al carro, y mientras estaba el semáforo en rojo, busqué en el directorio algún número para comunicarme con un ser humano de verdad. No quería divulgar, necesitaba sacar mi coraje y quejarme a voces vulgares, para después cambiar de tema y seguir pasándola bien hasta poder concluir que esto era sólo un berrinche de niña chiquita.
Llegué a la casa menos esperada, a la hora más imprudente; pero ahí me esperaba una amiga con los brazos abiertos dispuesta a tirarle tierra a quien fuese con tal de mofarnos un rato de la gente que acostumbra a dar malos tratos, hacer caras feas y carentes de educación.
Al terminar de escupir mi malaventuranza ensimismada en mi actuación de mártir, me di cuenta de que no era para tanto. La verdadera razón de mi enojo fue que ése tema en particular me ponía especialmente sensible. Las metas que me fijé y las fantasías con las que decoré aquella utopía tan cerca y tan lejos siempre me arrastra cuando me doy cuenta que disminuyo a la calidad de lo que pudo ser. En fin, mientras me mal viajaba una voz cálida me explicaba que esas palabras eran habituales en ella y que nunca me había tocado verla en acción ¿En tantos años? Resulta que es una antigua queja entre el petite comité, pero yo no sabía. Pude notar el amor con el que me intentaba hacer sentir mejor, pero entre sus gestos vi que yo no era la única inconforme en el lugar.
Seguí observado con atención, escuchando sus palabras, examinando los matices que tomaban sus ojos hasta que La Salvadora se torno transparente ante mí; ella también necesitaba mi consuelo. Sería la imprudencia más grande revelar lo que me platicó, aunque eso si lo puedo afirmar, sus problemas eran reales, mas yo era la única persona que conocía que podía ayudarla y orientarla. Qué casualidad que a la misma hora las dos podíamos usar a alguien dotado de un genuino interés interpersonal. Disfrutamos mucho el proceso de tomar los hechos y verlos desde todos los ángulos posibles. Duramos horas afuera de su casa desmenuzando un bouquet de emociones infinitas. No lloramos porque era innecesario, aunque eso no significa que dejamos de carcajearnos, bromear, quemarnos el cerebro y terminar por vaciarnos de los sentimientos que nos contaminan para poder llenarnos de paz.
El camino de vuelta a mi casa, exceptuando la terrible música del radio, fue muy satisfactorio (sumándole que me encanta manejar). Iba maravillada por la coincidencia. Ahora que lo escribo entiendo que suene a exageración y, al mismo tiempo, veo como todos estamos conectados porque no servimos de nada si no estamos para ayudarnos entre nosotros. Normalmente no le habría hablado a nadie para compartir una tontería como esa, y si mis papás se enteran me matarían pues, según ellos, me han educado para hacerme inmune a los comentarios externos. Considero que sí seguí a mi intuición haciendo a un lado mis prejuicios contaminantes con un resultado anonadante. Lo que gané esa noche no fue consolar a mi estúpido ego herido, ni sentirme muy bien porque jugué a la psicóloga un rato. Mi premio fue poder pararme en los hombros de alguien más alto que yo para ver la imagen completa.
Esto va ser material de investigación, no por una corazonada acertada puedo afirmar que todos somos parte de una misma energía universal, pero si lo que existe en realidad funciona así, estoy dispuesta a descubrirlo.
Una domingo de marzo, el clima precioso, en compañía de personas con quienes puedo pasar un rato agradable. La conversación no era nada del otro mundo, pero igual la estaba pasando bien, musiquita de fondo, sillones cómodos y risas por todos lados. Primero todos hablando unos con otros envueltos en anécdotas o chistecitos improvisados para completar la atmósfera nocturna. Después, cada quién empezó con pláticas un poco más privadas dándole continuidad a vivencias pasadas y a la confianza que existe como producto de una amistad.
Todo iba tranquilo y alivianado, hasta que me preguntaron a cerca de un proyecto que tenía inconcluso por ahí, el cual me llenaba de ilusión y compartí un poco de esa felicidad al principio de éste con un par de mis más allegados. Tuve la ocurrencia de sincerar mi mala fortuna, ya que no tomó la forma que yo esperaba, con alguien que toda la vida ha sido de cercana a mí. No podía creer la sonrisa malévola en el rostro de mi interlocutor. Pude sentir, oler, probar, tocar e incluso nadar en la siniestra felicidad en la que se refrescaba su sucio placer. Lo peor del caso es que, con toda la hipocresía del mundo, me veía con un gesto de alegre indiferencia acompañada de floridos comentarios pesados. No quise armar una escena, mejor lo dejé pasar por el bien de la paz social. Pues si soltaba la bomba entre los demás, el chisme duraría una semana y no estaba dispuesta a hacer de un pétalo un rosal. De una cosa si estaba segura, no me iba ir a dormir con un mal sabor de boca picándome el paladar.
Me subí al carro, y mientras estaba el semáforo en rojo, busqué en el directorio algún número para comunicarme con un ser humano de verdad. No quería divulgar, necesitaba sacar mi coraje y quejarme a voces vulgares, para después cambiar de tema y seguir pasándola bien hasta poder concluir que esto era sólo un berrinche de niña chiquita.
Llegué a la casa menos esperada, a la hora más imprudente; pero ahí me esperaba una amiga con los brazos abiertos dispuesta a tirarle tierra a quien fuese con tal de mofarnos un rato de la gente que acostumbra a dar malos tratos, hacer caras feas y carentes de educación.
Al terminar de escupir mi malaventuranza ensimismada en mi actuación de mártir, me di cuenta de que no era para tanto. La verdadera razón de mi enojo fue que ése tema en particular me ponía especialmente sensible. Las metas que me fijé y las fantasías con las que decoré aquella utopía tan cerca y tan lejos siempre me arrastra cuando me doy cuenta que disminuyo a la calidad de lo que pudo ser. En fin, mientras me mal viajaba una voz cálida me explicaba que esas palabras eran habituales en ella y que nunca me había tocado verla en acción ¿En tantos años? Resulta que es una antigua queja entre el petite comité, pero yo no sabía. Pude notar el amor con el que me intentaba hacer sentir mejor, pero entre sus gestos vi que yo no era la única inconforme en el lugar.
Seguí observado con atención, escuchando sus palabras, examinando los matices que tomaban sus ojos hasta que La Salvadora se torno transparente ante mí; ella también necesitaba mi consuelo. Sería la imprudencia más grande revelar lo que me platicó, aunque eso si lo puedo afirmar, sus problemas eran reales, mas yo era la única persona que conocía que podía ayudarla y orientarla. Qué casualidad que a la misma hora las dos podíamos usar a alguien dotado de un genuino interés interpersonal. Disfrutamos mucho el proceso de tomar los hechos y verlos desde todos los ángulos posibles. Duramos horas afuera de su casa desmenuzando un bouquet de emociones infinitas. No lloramos porque era innecesario, aunque eso no significa que dejamos de carcajearnos, bromear, quemarnos el cerebro y terminar por vaciarnos de los sentimientos que nos contaminan para poder llenarnos de paz.
El camino de vuelta a mi casa, exceptuando la terrible música del radio, fue muy satisfactorio (sumándole que me encanta manejar). Iba maravillada por la coincidencia. Ahora que lo escribo entiendo que suene a exageración y, al mismo tiempo, veo como todos estamos conectados porque no servimos de nada si no estamos para ayudarnos entre nosotros. Normalmente no le habría hablado a nadie para compartir una tontería como esa, y si mis papás se enteran me matarían pues, según ellos, me han educado para hacerme inmune a los comentarios externos. Considero que sí seguí a mi intuición haciendo a un lado mis prejuicios contaminantes con un resultado anonadante. Lo que gané esa noche no fue consolar a mi estúpido ego herido, ni sentirme muy bien porque jugué a la psicóloga un rato. Mi premio fue poder pararme en los hombros de alguien más alto que yo para ver la imagen completa.
Esto va ser material de investigación, no por una corazonada acertada puedo afirmar que todos somos parte de una misma energía universal, pero si lo que existe en realidad funciona así, estoy dispuesta a descubrirlo.
cool stuff!
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